El jueves fue fiesta en Andalucía. Y el viernes (¡horror!) en los colegios había puente. “Y ahora ¿qué hacemos con los niños?”.
La cuestión era sencilla: mi mujer no podía ocuparse de ellos, y no era cuestión de abusar más de los abuelos (bendita paciencia la suya). Así que, como soy autónomo y me organizo como quiero, o más bien puedo, me quedé yo con los peques.
Y de eso quería hablaros: a medida que iba discurriendo esa mañana un absurdo (pero ya conocido) sentimiento de culpa se apoderaba de mí. ¿Sabéis de lo que os hablo? Esa inexplicable alarma que taladra tu mente cuando decides dedicar 5 puñeteros minutos a algo que no sea tu trabajo. Como cuando, cumpliendo con tu horario, te reconcome el cargo de conciencia al salir el primero de la oficina.
Otro tipo de autoflagelación, pero justo en el extremo contrario, esa mami (por ejemplo) que por fin saca una mísera hora para desconectar y jugar al pádel. Sin embargo se siente mal, como si sus hijos no les fueran a volver a hablar, como si estuviera traicionando a la humanidad.
Un síndrome de Estocolmo. Una manera de hacernos daño, una responsabilidad mal entendida. Quizás lo tenemos grabado en nuestros genes, quizás son patrones sociales o simplemente paranoias mías. Pero son palos en las ruedas. En mis propias ruedas. Y no me lo perdono.
Y sí, está claro que para comprar pañales a tus peques hay que trabajar como una mula. Pero eso no puede ser excusa para olvidar que también tienes un compromiso con tu mujer y tus hijos. ¿Te ha recordado alguna vez tu pareja que además de trabajo tienes familia? Que no se trata de ayudar con los enanos, es que TAMBIÉN son tu responsabilidad. No vale con llegar a casa cuando ya están bañados y cenados. Te necesitan. Y si no, haberte estado quietecito en su momento.
Pero decía que no me lo perdono. Porque no es solo una obligación frente a terceros. Es un compromiso contigo mismo. De ser feliz. Porque ese “come come” que se adueñó de mí aquella mañana, como en otros tantos días, sin darme cuenta, me privó de lo más importante: disfrutar al máximo cada minuto junto a mis hijos. Porque algún día ya será tarde, y al echar la vista atrás, solo podrán hablar de ti horas de oficina. Porque quieres agarrarla con fuerza, pero entre los dedos, día a día, se te escapa LA VIDA.
Es necesario romper con esa inercia, no hay otra solución. Que, además, si no te quedas hasta las mil, no se va a acabar el mundo. Que no vas a heredar la empresa. Para no robarle ni un minuto más a la familia, a TÚ familia.
Así aprenderemos, primero, a disfrutar de nuestro trabajo, luego de nuestro tiempo libre y al final, sobre todo, de la gente a la que queremos. Sin duda, nuestros hijos, los grandes beneficiados, nos lo agradecerán eternamente.
Pablo Romero
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